Cada 30 de enero, muchas escuelas conmemoran el Día Escolar de la Noviolencia y la Paz (DENIP). Hoy más que nunca, este día nos invita a una reflexión profunda sobre el tipo de mundo que estamos construyendo y, sobre todo, el que estamos enseñando a las futuras generaciones.
La fecha no es casual. El 30 de enero de 1948 fue asesinado Mohandas Karamchand Gandhi, líder del movimiento independentista indio y referente universal de la resistencia noviolenta. Su muerte no silenció su legado; al contrario, lo convirtió en un referente moral para un siglo marcado por guerras, genocidios, invasiones y militarización creciente.
El Día Escolar de la Noviolencia y la Paz fue impulsado en 1964 por el pedagogo y poeta mallorquín Llorenç Vidal, con una idea tan sencilla como radical: la paz no se decreta desde los despachos del poder, se aprende, se practica y se vive desde la infancia. En palabras del propio Vidal, se trata de una educación “permanente para la noviolencia y la paz”, basada en la justicia, la cooperación, el respeto a los derechos humanos y la resolución pacífica de los conflictos.
Gandhi: ética, coraje y desobediencia civil
Gandhi defendió una idea profundamente subversiva: que la violencia no solo es moralmente inaceptable, sino también políticamente ineficaz a largo plazo: “lo que se consigue a la fuerza, necesitará la fuerza para mantenerlo”. Frente al dominio colonial británico, apostó por la satyagraha —la fuerza de la verdad—, la desobediencia civil y la coherencia entre medios y fines. Para él, no podía construirse una sociedad justa mediante el odio, la humillación del adversario o la lógica de la fuerza.
Su antimilitarismo no era ingenuo ni pasivo: exigía coraje, disciplina y una enorme fortaleza ética. Rechazaba el culto al enemigo y denunciaba el nacionalismo excluyente como una forma de violencia estructural.
El paradigma dominante bélico-capitalista del presente.
Setenta y ocho años después de su muerte, el mensaje de Gandhi resulta incómodamente actual y radicalmente ignorado por muchos de los líderes más poderosos del mundo. El escenario internacional contemporáneo está marcado por un retorno explícito de lo bélico, autoritario y deshumanizante.
Figuras como Donald Trump, Vladímir Putin o Benjamín Netanyahu, cada una desde contextos distintos, comparten una misma lógica imperialista: exaltación de la fuerza, desprecio por el derecho internacional, normalización del lenguaje del enemigo y justificación de la violencia como herramienta política legítima. Se glorifica el poder militar, se criminaliza la disidencia y se reduce la relación humana a bandos irreconciliables: “nosotros” contra “ellos”.
Este comportamiento, que coquetea con el fascismo cuando no los proclama abiertamente, se alimenta del miedo, del racismo, del ultranacionalismo y de una propaganda de la guerra que se filtra en los medios, las redes y, peligrosamente, también en las aulas si no se la cuestiona.
La guerra como negocio
Gandhi entendió algo que hoy se confirma con crudeza: la guerra no es un accidente histórico, sino un sistema económico. El militarismo necesita presupuestos crecientes, enemigos constantes y sociedades dispuestas a aceptar la violencia como normalidad.
En la actualidad, el gasto militar mundial alcanza cifras récord, mientras millones de personas viven en la precariedad. Estados que alegan no tener recursos suficientes paragarantizar educación, sanidad, vivienda o protección del medio ambiente, destinan sin embargo miles de millones a armamento, tecnología de guerra y expansión militar. No se trata de una contradicción: es una prioridad política.
La Unión Europea, por ejemplo, impulsa el plan Rearm Europe, que consolida un giro estratégico hacia el rearme y la militarización del continente. Bajo el discurso de la “seguridad” y la “defensa”, se normaliza una lógica que convierte la preparación para la guerra en eje central de las políticas públicas. La paz deja de ser un objetivo y pasa a ser una excusa retórica.
La Industria armamentística: beneficios manchados de sangre.
Este engranaje de violencia no podría funcionar sin un actor clave que suele permanecer en la sombra: la Banca Armada (BBVA, Santander, Caixabank, Sabadell y otras entidades financieras (fondos de inversión, aseguradoras, etc.) que financian directa o indirectamente a la industria la muerte, uno de los sectores más lucrativos y menos cuestionados del capitalismo global; empresas que, por su poder económico y estratégico, presionan a gobiernos, influyen en políticas públicas y obtienen beneficios directos del conflicto armado. Cuantas más guerras, más contratos; cuanta más inestabilidad, más ganancias. La guerra es una pieza central del capitalismo global. No es un fallo del sistema, es uno de sus motores. El capitalismo contemporáneo necesita conflictos armados para sostener su expansión, justificar el control de territorios, asegurar el acceso a recursos estratégicos y
mantener en funcionamiento esa máquina de generar beneficios que es la industria armamentística. La guerra no es una tragedia accidental: es un negocio planificado que necesita una pedagogía que lo sostenga: glorificación del ejército, deshumanización del enemigo, banalización de la muerte y silenciamiento de las víctimas.
La educación para la paz contra el sistema de guerra
En este escenario, educar para la paz y la noviolencia es un acto de confrontación política. No existe una educación neutral en un mundo organizado para la guerra. O se educa para aceptar la lógica del capital armado, o se educa para cuestionarla.
El legado de Gandhi choca frontalmente con el paradigma bélico-capitalista actual. Donde el sistema impone miedo, él defendía conciencia. Donde se glorifica la fuerza, él proponía dignidad. Donde se justifica la violencia, él exigía coherencia ética.
Conmemorar el Día Escolar de la Noviolencia y la Paz no puede limitarse a mensajes vacíos sobre “convivencia”. Implica denunciar el militarismo, señalar a la industria armamentística, cuestionar el imperialismo y afirmar que no hay paz justa y duradera posible dentro de un sistema que se enriquece con la guerra.
La escuela puede ser uno de los últimos espacios donde se desmonte la propaganda bélica y se siembre pensamiento crítico. Recordar a Gandhi hoy no es un gesto simbólico: es tomar partido. Es afirmar que la noviolencia no es pasividad, sino resistencia. Y que educar para la paz, en un mundo en guerra, sigue siendo un acto profundamente subversivo.

